La memoria no puede convertirse en consigna ni la coyuntura en excusa
La falta de anticipación política frente al agotamiento de un proyecto productivo que quedó a contramano de un nuevo mundo signado por la globalización, y la intención —a pesar de esa tendencia global— de reflotar ese modelo agotado, llevó a que nuestro país quedara huérfano de un sujeto político. Es decir, a la incapacidad de la sociedad de concebirse como un “nosotros”.
Solo mediante un proyecto que contemple las nuevas tecnologías, la productividad, los mercados y los trabajos globales —en definitiva, las corrientes que moldean el nuevo mundo— podrá originarse un nuevo sujeto político. Así como anteriormente fue construido gracias a la industrialización por sustitución de importaciones, los derechos laborales y los incentivos empresariales.
Desde Isabel Perón con el “Rodrigazo”, en junio de 1975, hasta el día de hoy, las únicas propuestas económicas dominantes fueron medidas de ajuste, devaluaciones, tarifazos y precarización del trabajo. Ese proceso provocó un desabastecimiento que sustituyó el modelo anterior por un nuevo modelo económico que prioriza la financiarización vs. la producción, la concentración de la riqueza y la destrucción del mercado interno.
Esta fragmentación, sin embargo, es consecuencia de un paradigma instaurado en una de las épocas más oscuras de nuestra historia. José Alfredo Martínez de Hoz no presentó únicamente un plan económico: instaló un paradigma. Este se sostuvo mediante políticas que lamentablemente tienen resonancia contemporánea: apertura indiscriminada, valorización financiera por sobre lo productivo, endeudamiento externo y el salario como variable de ajuste. Estas políticas provocaron que el trabajo dejara de ser el organizador central y pasara a ser costo.
El modelo, como mencioné en otros artículos, sobrevivió por la brutal represión, pero también porque, con distintos gobiernos y mayorías parlamentarias, nadie desmontó su estructura. En ese contexto, la financiarización se volvió moneda corriente y el ajuste, casi un dogma.
En la actualidad, esta lógica persiste a través de otras palabras, cuyos significados cargan sentidos similares. Se habla de “casta”, de equilibrio fiscal, de saldos exportables. De ese modo, se justifica el ajuste como algo inevitable.
La base del sujeto político del trabajo se fragmentó. Hoy predominan la desindustrialización, la precariedad, la informalidad y la financiarización.
En este escenario, los organismos empresariales y sindicales, que deberían representar a trabajadores, empresarios y consumidores, no propusieron una alternativa capaz de sostener ese mundo del trabajo y del consumo. Se descuidó el mercado interno —que representa el 70 % del PBI—, como ocurre actualmente al intentar suplantarlo con la apertura indiscriminada de la importación que generan un verdadero industricidio y una creciente primarización de la economía. En ese marco aparecen los grandes empresarios como los verdaderos ganadores de los ajustes.
La falta de anticipación para proponer un nuevo modelo —que generara nuevos marcos laborales y empresariales— fue una oportunidad desaprovechada en años anteriores por gobiernos con mayoría legislativa.
Esa escasa anticipación y acción de amplios sectores de la sociedad argentina (y no solo de un pequeño núcleo de ganadores) es lo que falta desde hace cincuenta años para construir un proyecto nacional superador. Hoy “vamos como perro detrás del sulqui”: ante la ausencia de propuestas, reaccionamos. Nos oponemos.
Algo que probablemente seguirá ocurriendo mientras no debatamos en profundidad ese nuevo sujeto, tanto provincial como nacional. En ese escenario, la coalición aparece como uno de los continentes posibles para habilitar debates de mayor densidad propositiva.
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