A 50 años del golpe: la economía que nunca se fue en el marco del conflicto en Medio Oriente



En marzo de 2026 se cumplen cincuenta años del golpe militar que inauguró uno de los períodos más oscuros de la historia argentina. La dimensión represiva de aquella dictadura está ampliamente documentada y forma parte del consenso democrático construido desde entonces. Sin embargo, junto con la represión se impuso también un proyecto económico destinado a transformar profundamente la estructura productiva del país.

El programa impulsado por José Alfredo Martínez de Hoz promovió la apertura comercial y financiera, el endeudamiento externo y una fuerte caída del salario real. Su objetivo era desarticular el modelo económico basado en la industria nacional, el mercado interno y el empleo que había caracterizado a la Argentina durante gran parte del siglo XX. A partir de entonces comenzó un proceso de desindustrialización y primarización productiva que debilitó el entramado industrial y aumentó la dependencia de los ciclos financieros y de exportación de recursos naturales.

Con distintos matices, esa matriz económica continuó condicionando a los gobiernos democráticos durante las décadas siguientes. Por eso, a cincuenta años del golpe, muchas de las tensiones actuales (entre producción y especulación financiera, entre mercado interno y primarización exportadora) siguen remitiendo a aquella transformación estructural iniciada a sangre y fuego en 1976.

Pero esta discusión sobre el rumbo económico argentino no ocurre en un vacío histórico. Se desarrolla en un momento de profundas transformaciones del orden mundial.

Durante las décadas posteriores a la caída de la Unión Soviética, el sistema internacional estuvo marcado por el predominio casi absoluto de Estados Unidos. De esta manera, pasamos de la multipolaridad a la unipolaridad: una estructura global en la que el poder económico, militar y financiero se concentró fundamentalmente en Washington.

Sin embargo, este orden internacional parece estar llegando a su límite. 

Los conflictos actuales en Medio Oriente, particularmente la confrontación que involucra a Estados Unidos e Israel con Irán, expresan en parte la crisis del sistema internacional construido después de la Segunda Guerra Mundial. Según el analista argentino Juan Gabriel Tokatlian, estamos asistiendo al debilitamiento de los marcos de respeto al derecho internacional y a la soberanía de los Estados que durante décadas organizaron la convivencia global.

Las propias declaraciones de dirigentes occidentales reflejan esa tensión. En medio de estos conflictos, el canciller alemán llegó a plantear que los principios tradicionales del derecho internacional y la soberanía de los pueblos deberían ser “puestos en pausa”. Este tipo de afirmaciones revela hasta qué punto el orden internacional atraviesa un momento de redefinición.

Al mismo tiempo, el ascenso de China como potencia económica, tecnológica y política introduce una nueva dinámica global. Mientras el orden occidental sufre un gran deterioro por los conflictos geopolíticos y las tensiones económicas internas, el crecimiento exponencial de China acentúa su decadencia. 

Estamos posiblemente ante el final del orden unipolar que dominó durante más de tres décadas y frente al nacimiento de un sistema internacional más complejo, donde distintas potencias disputan poder económico, tecnológico y estratégico.

En ese contexto global, la discusión sobre el modelo económico argentino adquiere una dimensión aún más relevante.

Un país que debilita su industria y reduce su capacidad productiva pierde también margen de decisión en un mundo cada vez más competitivo, polarizado y en total desorden con respecto a los marcos establecidos de relaciones internacionales. En este contexto, la desindustrialización se convierte en una cuestión clave de autonomía frente al mundo en conflicto. 

Por eso, a cincuenta años del golpe militar, la discusión pendiente en la Argentina no se limita a la memoria histórica. También tiene que ver con el futuro. La economía argentina continúa atrapada entre dos lógicas: una orientada al desarrollo del mercado interno y la producción industrial, y otra centrada solamente en la exportación de recursos primarios, la apertura comercial y la valorización financiera.

De esta manera, Argentina lleva décadas sin lograr consolidar un pacto social y productivo que permita sostener un rumbo de largo plazo. Cada ciclo económico parece comenzar desde cero, sin continuidad institucional ni acuerdos estratégicos entre los distintos actores de la sociedad. Es decir, la democracia nacional todavía enfrenta el desafío de construir un proyecto político de desarrollo capaz de sostener producción, trabajo e innovación tecnológica en un escenario internacional que también está cambiando.

Ese es, quizás, uno de los legados más persistentes de la ruptura histórica iniciada en 1976: la dificultad de reconstruir un “nosotros” capaz de pensar el desarrollo nacional como un proyecto colectivo.

Salir de esta encerrona exige algo más que alternancia electoral o ajustes coyunturales. Requiere reconstruir un horizonte común que vuelva a articular producción, conocimiento, mercado interno e inserción internacional.

Porque en los momentos de transición del orden mundial, los países que no tienen un proyecto propio suelen terminar subordinados al proyecto de otros. La Argentina todavía está a tiempo de elegir otro camino. Y esa elección dependerá, una vez más, de nuestra capacidad de pensarnos como comunidad y de construir un proyecto nacional a la altura de los desafíos de este nuevo tiempo.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Catamarca partida: pobreza, desigualdad y centralismo en los márgenes del país

Aida, la que no pudieron callar

¡El modelo es destruir el mundo social y sus valores!