No es pobreza, es el modelo que empobrece Catamarca


 Fotografía: Stefan Sauzuk. 

La escasez es algo que se repite como explicación automática cuando se habla de Catamarca. Falta de recursos, de inversión y de oportunidades son algunos recurrentes en una narrativa que, de tanto repetirse, parece haber sido transformada en un dogma. Sin embargo, esta explicación es insuficiente. 

Como mencioné en artículos anteriores, Catamarca es un territorio empobrecido en el marco de una organización económica que la ubica en un lugar extractivo, particularmente a partir de sus riquezas minerales.

En este sentido, una demostración de que muchas veces ponemos “el caballo detrás del carro” es la obra del Paso San Francisco, que ya lleva más de 30 años sin lograr traducirse en beneficios económicos concretos para la provincia. La pregunta no es solo por qué no funciona, sino por qué se insiste en que la obra, por sí misma, debería generar el desarrollo que todavía no existe.

El contraste histórico es claro: durante el período incaico, el Tawantinsuyu articulaba regiones como Potosí, Salta, Jujuy, Tucumán, Santiago del Estero, Catamarca y La Rioja; existía una lógica distinta, basada en la producción, el intercambio y la circulación interna. No se trata de romantizar ese sistema, sino de advertir que respondía a un principio de articulación territorial.

La fragmentación posterior a la independencia nacional dividió territorios, pero también este sistema, reemplazándolo por otro. Uno elaborado para garantizar una sola cosa: la dependencia estructural con Buenos Aires. De esta manera, la infraestructura comienza a apuntar hacia el centro, la producción local pierde capacidad de integración y el consumo depende de bienes traídos desde otros centros productivos del país. 

En una excursión con Apata Catamarca, quienes realizan recorridos por paisajes naturales históricos del territorio catamarqueño, pude observar obras faraónicas inconclusas de la provincia, que nos hablan tanto del ayer, como del presente. Muchas de estas obras aparecieron, en su momento, más como promesas que como soluciones. En este sentido, los túneles de La Merced y de Rumi Punco, o la obra hidroeléctrica Potrero del Clavillo no son simplemente proyectos inconclusos; son síntomas. 

Porque el problema no fue únicamente la interrupción política o decisiones económicas específicas. El problema es más incómodo: estas obras son incompatibles con el modelo semifeudal que tenemos incluso hasta el día de hoy. Por tal motivo, no fueron, son ni serán demandadas. 

Lo mismo ocurre con decisiones históricas como la de no enviar el ferrocarril hacia la zona que más producía (el oeste minero) y orientarlo hacia la Capital, para el despilfarro de la aristocracia estatal, a fines del S. XIX. Más que un hecho aislado, fue una forma de organizar un territorio en el que la centralidad política (semifeudalismo) pesa más que el desarrollo de la provincia. Finalmente, el tren llegó una década más tarde, pero el daño ya estaba hecho: cerraron las minas del oeste catamarqueño y, en contraposición, se erigió el empleo público como única alternativa para nuestros ciudadanos. 

Entonces, aparece un diagnóstico incómodo: el desarrollo no es solo (era) una cuestión de recursos o políticas, sino de marcos culturales que definen qué se considera acorde a las necesidades de la oligarquía local. En este punto, el rol de la Universidad Nacional de Catamarca es fundamental para perpetuar este modelo. Más que limitarse a enseñar carreras tradicionales, debería replantearse el por qué no se integran conocimientos que impliquen un impacto real en el nuevo mundo laboral.

Si este modelo cultural permanece intacto, los cambios estructurales se diluyen. Dicho de otra manera: un financiamiento económico no puede modificar la sociedad porque el pensamiento semifeudal se encarga de amputar el progreso. 

En este contexto, es imperioso pensar en nuevos “túneles” para ordenar el horizonte, es decir, para proponer una dirección hacia la que caminar. 


  • Un túnel productivo orientado a industrializar recursos, generar cadenas de valor regionales y sustituir importaciones; 
  • un túnel regional que apunte a integrar el territorio con corredores bioceánicos y un mercado interno más consistente;
  • un túnel social que aborde la pobreza estructural y promueva empleo productivo más allá del Estado; 
  • un túnel institucional que habilite formas reales —y no solo formales— de participación política; 
  • un túnel tecnológico-científico que vincule conocimiento con producción; 
  • un túnel económico para conformar polos productivos que, a su vez, produzcan riqueza y puestos de trabajo para los catamarqueños. 
  • y un túnel cultural, probablemente el más difícil, que cuestione los marcos desde los cuales se sigue reproduciendo el mismo esquema.

Sin embargo, hay que tener en cuenta el pasado: nombrar los caminos no garantiza recorrerlos, y menos aún cuando el modelo cultural de una provincia nos empuja más y más hacia la concentración selecta de riquezas.








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