“En el tiempo de la inteligencia artificial”
La historia demuestra que cada revolución tecnológica modifica a fondo la forma en que nos organizamos para trabajar. Con la Revolución Industrial, miles de artesanos y campesinos pasaron a ser obreros fabriles; la máquina empezó a trabajar en serie, anticipando el modelo que tiempo después sería conocido como fordismo. Esta multiplicación alteró las relaciones sociales.
Hoy asistimos a un quiebre similar. La inteligencia artificial (IA) produce una mutación profunda que ya alcanza a las actividades intelectuales, administrativas y profesionales. Esto nos obliga a plantearnos cómo reorganizar una sociedad cuyo principal ordenador económico y cultural hasta aquí ha sido el trabajo.
Como propone el papa León XIV en su reciente encíclica Magnifica Humanitas, nos encontramos "en el tiempo de la inteligencia artificial". Es decir, la situación nos atraviesa de lleno. Su encíclica advierte sobre los peligros de dejar esta tecnología al merced del mercado, es decir, cuando se subordina a lo que dicte el capital. En este sentido, el papa destaca que la era digital "no es neutral” y exige poner límites para “impedirle el dominio sobre lo humano”.
El desplazamiento laboral dejó de ser una fantasía. En la presentación de la encíclica, realizada en mayo de 2026, Christopher Olach —científico y cofundador del laboratorio Anthropic—reconoció abiertamente que "existe una posibilidad real de que la IA desplace al trabajo humano a una escala enorme". Olach advirtió que el desarrollo tecnológico se concentra en pocas naciones ricas y que los laboratorios operan bajo presiones comerciales que suelen entrar en conflicto con hacer lo correcto. Si este escenario masivo ocurre, apoyar a los afectados será un imperativo moral de proporciones históricas. La denuncia de León XIV apunta justamente ahí: un avance librado solo por el mercado está cambiando, y cambiará, nuestras fuentes de trabajo y, en definitiva, nuestra forma de vida. De esta manera, la IA al servicio del mercado destruye la dignidad, amplía la brecha entre ricos y pobres, y empuja a los trabajadores al desempleo.
Esta realidad ya golpea las puertas de nuestros hogares. Hace unas semanas se inauguró en Catamarca un monumento al canillita, en homenaje a Ramón “Cacho” Iturre. En ese acto, los pocos canillitas que quedan plantearon a las autoridades presentes su angustia ante pérdida paulatina de sus fuentes laborales, debido a los cambios de la era digital, que hace que las personas dejen de comprar el diario en papel. El trabajo de los canillitas refleja el doble problema que afrontamos localmente: la urgencia de reeducar y el desafío de hacerlo en plena era digital, en medio de un fuerte ajuste que empuja a la clase media de regreso a la pobreza (y a esta, a la indigencia). Ante esto, el Estado junto a la sociedad deben analizar con urgencia cambios culturales, políticos, laborales, productivos y de modos de vida. Cada minuto perdido se traduce en una exclusión irreversible.
La advertencia es clara, especialmente cuando el control de estas herramientas está concentrado: "Quien controla la IA impondrá su visión moral". Por eso, resulta urgente proponer un marco regulatorio para la IA, para que así la tecnología deje de seguir las lógicas del mercado, de la guerra y del poder, reconduciendo la técnica como un medio para vivir mejor. Un antecedente reciente, con sus altibajos, ha sido la regulación en materia de energía nuclear, la cual, según Claudio Martínez, “es capaz de generar electricidad a un pueblo, pero también de destruirlo con una bomba”.
No seremos salvados por una IA a merced del mercado. Cualquier desarrollo económico que profundice la desigualdad, en lugar de mejorar la calidad de vida de la población, se aleja de ser un progreso humano auténtico. La pregunta que deja abierta nuestro tiempo es decisiva: ¿es un medio para la humanidad o un fin para los dueños del mundo?
Después de todo, hoy vienen por uno, porque ya no necesitan el trabajo que hace; pero van a venir por los abogados, contadores, creadores de contenido y, lamentablemente, ese futuro en apariencia distópico se torna cada vez más real. Es necesario tomar medidas para que no sea la tecnología lo único que se vuelva obsoleto.

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