Que el dolor provocado por el ajuste no sea en vano


El agotamiento y también fracaso del modelo provincial y nacional nos han llevado a un tiempo de cansancio social. Muchas familias sienten que sus sacrificios ya no alcanzan, que el trabajo ya no garantiza estabilidad y, por todo esto, que el presente es doloroso y el futuro, incierto. La sensación de “remar en dulce de leche” agotó a la sociedad catamarqueña y también al resto del país. 

Ahora bien, es necesario, pese a todo este sufrimiento colectivo, empezar a discutir una salida posible a este malestar. Necesitamos construir una esperanza. En este sentido, quizá uno de los grandes desafíos de este momento sea animarnos a pensar de nuevo un proyecto de provincia y de país. Este proyecto tiene que ser capaz de generar oportunidades para las nuevas generaciones, responder a las necesidades actuales y recuperar la idea de un progreso compartido, en el que nadie quede excluido. El modelo económico y político actual muestra señales claras de agotamiento y sus resultados están a la vista: aumento de la pobreza, jóvenes sin poder percibir un futuro, empleos precarizados y una enorme incertidumbre. 

En este escenario, hay que acabar con la mentira de la escasez con respecto a los recursos económicos. En Argentina y Catamarca no hay pobreza por falta de recursos; la hay porque esos bienes se transfieren de forma sistemática (vía ajuste) a un pequeño sector concentrado. Mientras a nosotros nos falta, otros lo están disfrutando.

Por tal motivo, es necesario que la riqueza circule para todos. Construir un país en el que el progreso llegue a la mayoría de la población y favorezca la movilidad social. En otras palabras, hay que incentivar la distribución de lo conseguido y no la concentración de la riqueza. 

En este contexto, hay que ser memoriosos. Recordemos que gran parte de lo que la Argentina construyó a lo largo de décadas fue posible gracias al esfuerzo y al trabajo de nuestros jubilados, que hoy se ven abandonados y precarizados por este modelo económico. A pesar de haber aportado durante toda su vida, actualmente el peso del ajuste y de la deuda externa recae directamente sobre sus haberes cada vez más debilitados. Del mismo modo, resulta fundamental cuidar el futuro de los jóvenes, porque de ellos dependerán las posibilidades de reconstrucción y desarrollo que tengamos como sociedad.

Entonces resulta indispensable construir acuerdos amplios y duraderos. Acuerdos políticos, sociales y económicos que logren sostener derechos fundamentales a lo largo del tiempo. La educación, la producción, la salud, la infraestructura, el trabajo y la innovación necesitan continuidad para ofrecer resultados profundos.

No debemos dejar que el debate quede solamente en manos de dirigentes o analistas. El debate, entonces, debe surgir, en cada círculo social inmediato: amigos, familias, espacios políticos, sindicatos, centros vecinales, clubes y universidades; porque la demanda y la exigencia tiene que empezar desde cada uno, para que sea escuchado. 

A pesar de la incertidumbre, todavía existen herramientas democráticas que conservan un enorme valor. El voto sigue siendo una de ellas. Participar, elegir y expresar una posición continúa siendo una responsabilidad colectiva importante. Incluso el voto en blanco representa una forma legítima de manifestar desacuerdo o disconformidad. La ausencia y el desinterés, en cambio, debilitan todavía más la posibilidad de construir un rumbo común.


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